La semana pasada, papá tuvo una cirugía dental compleja que le dejó heridas abiertas en el rostro e hinchazón alarmante. El cirujano oral le indicó reposar durante una semana para sanar correctamente y evitar infecciones. Yo me quedé en casa de mis padres para cuidar de mamá y que él pudiera descansar. Sin embargo, al día siguiente papá se levantó temprano, fue a misa, ayudó a mamá a subir y bajar escaleras varias veces, ¡y luego decidió hacer mejoras en la casa y pintó una puerta! Estaba furiosa. Ignoró las instrucciones médicas y se negó a descansar. Después de todo lo que hemos vivido con la enfermedad de mamá, toda nuestra familia entiende lo valiosa que es la buena salud, ¡y papá no se estaba cuidando!
Más adelante en la semana, fui yo quien tuvo una cita médica. Desde hace seis meses he estado con dolor de espalda. Decidí finalmente buscar ayuda porque el dolor no solo no desaparecía, sino que iba en aumento.
El médico me hizo preguntas generales sobre mi salud y sobre mis actividades diarias. Le conté mi rutina, pero sabía que no había una explicación obvia. No tengo un trabajo físicamente exigente. No soy una atleta. No me he caído ni he tenido accidentes. El problema simplemente apareció de la nada.
—Cuéntame más sobre cómo cuidas a tu madre —me dijo—. ¿La asistes físicamente con frecuencia?
Y con esa pregunta, se resolvió el misterio.
Soy una persona pequeña y no peso mucho. Hay casi 50 libras de diferencia entre mamá y yo, y en este punto, cuidarla es una tarea sumamente física. No puede entrar ni salir de la cama, del carro o de una silla sin ayuda. También necesita que la acomode en posiciones que le resulten cómodas.
Siempre he estado más que dispuesta a ayudar a mi madre por mi cuenta, aunque papá suele decirme que lo espere o que lo deje hacerlo a él. El problema es que nunca he sido buena para esperar ayuda cuando sé que puedo hacerlo sola… pero no estaba considerando el precio físico de eso.
Mi cuerpo lleva meses diciéndome que ya llegó a su límite, y yo lo he ignorado. Me he enfocado tanto en cuidar a quienes me rodean, que he descuidado mi propio bienestar. ¡Exactamente lo mismo que me molestó tanto ver hacer a mi padre!
Todos debemos estar atentos a nuestra salud, especialmente quienes somos cuidadores. Es muy fácil olvidarse de nuestras propias necesidades cuando estamos enfocados en las de alguien que depende de nosotros. Pero descuidarnos no le sirve ni a ellos ni a nosotros.
Mi familia y yo queremos sentirnos bien, tanto papá como yo, porque somos los cuidadores principales de mamá. ¡Estar enfermos los dos sería un problema muy serio para todos!
Espero haber aprendido la lección. Me he prometido dejar de ignorar mis propios límites, y ojalá papá también me acompañe en ese compromiso.
¡Dedos cruzados!
(Mi foto de “enferma”…)